Hace ya varios años
que la vida, nuestra vida humana, me parece una casa...
Cada edad es una planta, la primera comprende de los 10 a
los 19 años, antes de esa edad estamos correteando por el jardín. Jugando a
escondernos tras los matorrales, disfrutando al llenarnos de barro, mostrando
sin muros ni protecciones lo que somos, mojándonos con la manguera y los
aspersores, sin juicios, con naturalidad, si nos produce curiosidad algo
simplemente observamos a pecho descubierto.
Entramos en la casa
y comenzamos a dividir, separar y organizar con el deseo casi constante de
compartir.
Ahora estoy en la
tercera planta, sin tan siquiera pisar uno de los escalones que me llevan a la
siguiente. De la segunda planta… casi no recuerdo, pasó todo muy rápido. Mientras
descubro “mi planta” voy acercándome a
la siguiente y en realidad nunca sé, ni sabemos, cuantas plantas tiene la casa.
Si sé que lo mejor está en la guardilla. Los secretos más guardados, los
tesoros de la familia, la caja de galletas con las fotos, las reliquias y las
sabidurías, aquello que nunca nos dijeron, la receta del queque de la abuela,
el olor de la colonia de tata, las carcajadas...
Un espacio donde el tiempo no ocupa lugar y es el estar conscientes
lo que más importa.
Lo fundamental no es
que planta ocupemos, cada casa es distinta: tu planta,
tu proceso; lo importante es ver con claridad la meta, la guardilla.
Miriam Cruz Acosta
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